- Padre, me acuesto con el ángel.
Seis
palabras sencillas de vocabulario temprano desbarataron la calma
chicha del Padre Benito zambulléndolo de pleno en un calvario del
quince sin santiguar. Pongamos por caso que Dios, o la Virgen María,
o el Espíritu Santo, o los tres en celestial comanda hubieran sido
el sujeto de mi confesión, entonces el verbo tornaría en sacro
magisterio de la palabra divina.
- Hace tanto que lo conozco… -apostillé para amortiguar el golpe.
- Pero con el ángel, hija…- respondió apesadumbrado, añadiendo que había puesto en mi persona los créditos que a él mismo le habían faltado por mor de unos honores excesivos a la lencería femenina.La falta, pues, planeaba como ave desabrida sobre el sujeto, sobre mi ángel, motivo más que suficiente para que las campanas no tañeran bravas y jubilosas a las seis en punto de la tarde.
- Con el ángel na más se sueña cumpliendo con las normas ejemplares; acompañando el sueño de una cohorte celestial, un cortejo multitudinario de seres provistos de una incorporeidad manifiesta, de una comparsa de serafines todo rizos querubines para acompañar las horas muertas, ese tiempo laso de la fantasía, la vitamina quimérica que todos necesitamos para sustentar carne y huesos en esta orbe caprichosa, hija mía –soltó sin respirar, sin dudar ni un solo segundo en el sexo de esos ángeles.
Sueña
con los angelitos, atemperaba con cariño mi padre todas las noches
antes de subirme el embozo hasta la nariz. Ellos te protegen, a todos
los niños buenos, decía convencido de la magnitud irrevocable de la
sentencia. Y yo cerraba los ojos no sin antes protegerme la oreja del
vampiro que surgiría lisonjero de las sombras para elevarme por
encima de la cama con un abrazo letal y definitivo. Morbosa y
temerosa esperaba al de rostro umbrío y pelo negro, y me imaginaba
albergando a la bestia en el espacio destinado a los seres alados,
reservados y aburridos que de tarde en tarde aparecían haciéndose
acompañar de unas trompetas destempladas sopladas sin mucho
entusiasmo.
El
señor de la noche me ofrecía una antología de privilegios que
incluía a la Nancy y su guardarropía de folclórica plegado y
ordenado en el armarito rosa de fantasía. En estuche deluxe; un
delirio al que las niñas de mi generación y mi condición tenían
difícil acceso, y por el que nos desvivíamos sin remedio si nos
tocaba comparar a la diosa de plástico estilizada aunque de hechuras
bravas aún, con las barriguitas recién salidas al mercado y
demasiado pequeñas y rechonchas para hacer las delicias de las que
precisábamos de la abundancia para paliar la nimiedad de nuestra
existencia. O con otras; con esas criaturas hercúleas y rígidas
recién salidas de la pata de la hermana mayor de doña Inquisición,
unos monstruos vestidos de puntillas y algodón a los que se les
escapaba la dignidad por las rebabas laterales. Cómo no caer en los
brazos de aquél que prometía la salvación a cambio de una
chupadita de nada. Si me querían, allí estaba yo, entregada al
desafío del pecado, avariciando a la reina de las reinas,
incorporando a mi engranaje mental un nuevo rol femenino.
Los
melancólicos, por el contrario, acomodaban mi espera con susurros
gallipavos y mustios derrumbes de pestañas que no hacían si no
abundar más en mi miseria, reverberar hasta el hartazgo el
aburrimiento.
Sin
duda que prefería el hervir de la sangre en arterias y capilares
arrebatados por el clamor de un drama vertiginoso, como una Lola de
España.
Hasta que él llegó.
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