jueves, 29 de septiembre de 2011

La vieja

Se le rompió el lomo en dos, tres, cuatro pedazos, y después la tiramos por el terraplén. De tanto usarlo se le rompió el lomo a la vieja; venga viajes para arriba y para abajo con las espaldas cargadas de agua, de frutas, de papas, de latas, en carne viva el pellejo del roce del capazo y los ojos encabronados, fijos, apuntando al horizonte, en línea recta siempre hacia delante, desafiando la tierra y las charcas.

La quisimos bien a la vieja; nunca le faltó un trozo de yuca frita ni la jarra de vino negro que se bebía hipnotizada, como en trance la vieja, con el tembleque de la mano que nos parecía a todos que lo hacía a propósito para darnos sentimiento. La teatrera la llamábamos, siempre le gustó montar el espectáculo allá por donde fuera: en el mercado cuando trapicheaba con los hombres, contorsionándose para descargar los fardos y meneando las manos como las aspas de una ventolera, ahuyentando a los manoseadores, marcando territorio y dignidad la vieja.

Salía muy temprano, antes que el sol, y volvía al mediodía arrastrando los pies con los bolsillos llenos de polvo y el talego a rebosar. En silencio entraba en el chozo y descargaba el condumio en la olla de hierro. Allí se tiraba media hora la vieja cortando, pelando y azuzando el fuego hasta que el caldo levantaba el hervor y el aroma de la cochura llegaba hasta el patio con tal intensidad que se nos afilaban las narices para catar el punto del cocido. Después el silencio, las miradas, las tripas regurgitando el vacío y la ansiedad de las bocas sorbiendo el caldo.

Así un día tras otro de trabajera y pucheros y polvo en el alma como si la vida le hubiera guardado el rencor del pecado original a la vieja y la bicha del paraíso se le hubiera alojado en las entrañas para mordisquearla al compás de las horas.

Se le rompió el lomo en dos, tres, cuatro pedazos y no dijo nada. No protestó. La encontramos al amanecer, quietecita sobre la tierra, encogida y tiesa como un gorrión. Padre la breó con el pié varias veces, para confirmar no más, y se marchó en busca de la mula.

En qué mala hora, pensé, ya no quedan mujeres en la región.

2 comentarios:

Makiavelo dijo...

Qué me gustó! Nada que ver con la que se nos casa, que parece que lo tiene bien atado y requeteatado, hasta el macho que se lleva.

Besos.

David C. dijo...

admiro a las mujeres trabajadoras.