sábado 19 de septiembre de 2009

RANDOLPH Y LA GORDA, NUEVO CAPÍTULO

- Randolph, por favor ¿puede venir a mi despacho?
- Inmediatamente, don Spencer.


Uy, qué querrá, recién acabo de santiguarme y ya me convoca al templo. No sé dónde he dejado los folios, mecagoendié, estaban encima de la mesa, pero seguro que la gorda de enfrente me los ha birlado. No ha parado de vigilarme desde que llegué esta mañana. La tía. Percibo cierta hostilidad en su rostro rechoncho ¿Dónde coño habré dejado los folios? Tengo tantas ideas…

- Con su permiso, señor Spencer…
- Pase, pase, Randolph. Siéntese. Lo he convocado para comentar algunos términos de su solicitud. Como sabrá, el departamento de asuntos pintorescos gestiona las actividades inusuales del museo y no podemos permitirnos ningún error. You know? Usted es funcionario, ha desarrollado su carrera con el culo clavado en los banquitos de la mayoría de las salas y pasillos de esta fortaleza; conoce a todo el personal y ha oído miles de sandeces de los visitantes ante las magnas obras que aquí se exhiben ¿Es fiel a sus afectos?
- Yo…, don Spencer…
- Tutéame, please.
- Gracias, Spencer. Como te iba a decir, soy fiel a la belleza, a la novela rusa del diecinueve, a Carmelita, al pensamiento redomado, al agua de Lourdes para aliviar los golondrinos, que me salen sobre todo en primavera, al mundo fenoménico, al anschauung, al tinto a gollete, al Caravaggio y a las niñas. Entre otras cosas.
- ¡Bravo! Creo que nos entendemos ¿Qué opinión le merece la gorda? Presiento que me acecha. Aparece de improviso, sin convocarla, y desparrama su materia encima de mi mesa, tumbada de medio lado, dejando entrever el pernil subrepticiamente. Después me satura lo que queda libre de la mesa de folios con ideas virginales como estampar postales personalizadas de la colección, contratar a cándidos chinitos y vestirlos de meninas para que lustren con betún el calzado de los visitantes, sacar brillo al dorado con netol…
- ¿Postales personalizadas?
- Sí, es de sus mejores ideas, de hecho se pasó un fin de semana encerrada en su casa montando una recreación con el photoshop: las Meninas con chinos, suecos, árabes, rusos, negros… para que el visitante sienta la obra en sus carnes ¿Te imaginas a la princesa Margarita mulatona, o la maribárbola lapona? Pero hoy me ha traído el bosquejo de unas cuantas ideas que me desconciertan. No hay duda de que tiene aspiraciones. Pero me da miedo la gorda…
- ¿Qué ideas, Spencer? Dejé los folios encima…
- Está muy influenciada por un novio mejicano que tiene. Fulgencio creo que se llama, guionista de telenovelas. De hecho, ahora pasan una suya muy exitosa llamada Directo al corazón, que trata de una boxeadora a la que llaman “la monita”, supongo que por su extraordinaria agilidad lanzando los puños, la tía.
- Las ideas… Spencer, que me preocupan los folios que dejé…
- Tú, que eres un hombre de letras, sabrás que los estados carenciales de la conciencia, llamémosla ortodoxa u ordinaria, revelan misterios que el ojo no ve. Sólo a través de la influencia del peyote se adquiere la clarividencia necesaria para desarrollar una historia de ese calibre. La monita disparando directo al corazón. Dilata las entrañas, Randolph y déjate llevar por esta maravillosa visión: Fulgencio y la gorda poniéndose ciegos y juntando las cachas para procrear la historia más inverosímil jamás contada; Fulgencio y la gorda inhalando los vapores de una trama urdida a la manera del novelón dostohieskiano pero, cómo diría, con la bravura, la contundencia y la gracia caprichosa de vuestra lengua que arroja más leña al fuego que los políticos de la oposición; Fulgencio y la gorda relamiéndose ante tanta desgracia, tanta injusticia, tanto desvalido; Fulgencio y la gorda eyaculando el placer de haber parido el insuperable guión de Rubí, la gitana más bella del mundo, líder de audiencia en la tdt y la pvc hace ya rato; Fulgencio y la gorda, o más bien Fulgencio, que tiene pinta de ser un espabilado, descojonándose de risa por las noches a cuenta de moi, y a partir de ahora, de toi, lanzándole a la gorda ideas peregrinas para nuestro ilustre departamento.
- Yo, Spencer, he observado…
- Dicen de ella que era un mujerón. Hasta que conoció al Fulgencio, you know? Recién llegado, sin un duro pero con mucha azuquita pa repartir. Y ella, de glucosa escasa, decidió que ya era hora de empacharse y lo metió en su casa. Y ya sabes, buey, enchiladas y frijoles a todas horas y mucho amor chaparrito y hordas de compatriotas celebrando la nueva y folios y folios de amor empalmado y más chile y el mujerón reverberando caderas y pechos y el mejicano embalado y los ejecutivos de televisión cada vez más arriesgados y el pueblo cada vez más idiota. El éxito. Ahora dicen que la monita se le ha subido a la chepa y anda culebreando con una actriz venezolana. Pero no deja a la gorda, no, la necesita para introducirse en nuestro templo. Tiene miras el Fulgencio, quiere expandir su radio de acción a otros ámbitos más elevados. Por cierto, Randolph ¿no crees que el pensamiento redomado está dando sus últimos estertores? Lo veo muy vilipendiado últimamente y eso me preocupa. Piensa en ello. Ahora debo hacer una llamada urgente. Márchate y vigila a la gorda. De cerca.

Me cago en la leche, cuando se lo cuente a Carmelita. Tengo que acabar con la gorda. Como sea. La invitaré a casa. Ven con tu marido a cenar, le diré, y ella, que seguro que no está casada (dudo mucho que el mejicano, aparte del compromiso culinario y sexual con sus carnes haya vinculado a la gorda con el eclesiástico o civil), pues se sentirá honrada e ilusionada, requetehecha, y dirá que sí. Somos todos conscientes de que la tía aprovechará la ocasión para sacar información y el mejicano para estudiarme a fondo. El tío. Pero esa es nuestra ventaja. Voy a llamar a Carmelita para que compre conejo. Con tomate o al ajillo. Conejo pa la gorda.

martes 25 de agosto de 2009

CAPÍTULO UNDÉCIMO DE RANDOLPH

Uf, me aburro más que una ostra, qué coñazo, con lo bien que estaba yo espiando a las niñas. Cómo las echo de menos, con sus batitas frescas y las bambas de loneta. Y el pelo recogido tirante en la nuca, con la rebabilla pilosa escapando del control de la goma, rizándose en caracolillos para mi desenfreno, pegoteados por el sudor, incansables las niñas saltando a la pata coja y brincando la lengua por esa tradición poética del juego infantil con versos de doble filo y retruécanos estofados. Malabares ingenuos hacia la pubertad, sin duda; o intencionados deseos correteando ya entre sus piernas.

Ese es el momento que quiero aprehender, Jerónimo, que el pecado maduro ya no me satisface aunque calma apetitos naturales. Aferrarme a la ligereza de sus lenguas, a los ojillos retorcidos, al talle intachable y el torso nivelado, las piernas roñosas y velludas. Mira cómo te miran: con sus pantalones tapioca y los auriculares pegados a la oreja sin perder detalle de tus símbolos ¡Leche migá! que tú y yo sabemos que ahí detrás están las campanitas sonando; que hasta los gatos oyen su música y hablan con Dios; y la bestia soberana los arrulla siseándoles en el oído las verdades que fermentan más allá del pienso purina y las tarrinitas wiskas; y la leche semidesnatada, la cerveza cero patatero y el patrón a dieta de beluga, cocochas y algún tallito verde para componer la bandera patria.

Con Dios me iba yo de cañas ahora, a la plaza mayor. Menos mal que ya me queda poco. Te voy a echar de menos pero vendré a verte, tengo grandes ideas para el museo, y creo que don Spencer me sigue el rollo. Lo he impresionado. Don Spencer es un gran hombre. Qué digo un gran hombre, es un prohombre, no hay más que observar de cerca su perfil; o de lejos, con esa nariz prominente como Matthew Parker , antiguo Arzobispo de Canterbury , gran oledor del pecado ajeno.

Desde que llegó no ha hecho otra que promover ideas innovadoras. Fíjate el atrevimiento de crear un departamento de asuntos pintorescos. Al principio lo tomaron mal, ya sabes cómo son los burócratas, unos dengues del carajo. Pero don Spencer, más listo que el cavaliere, desempolvó con énfasis su natural espontaneidad y acudió al prefecto con un pdf y un powerpoint cargados en el pen. No se habla de otra cosa en el departamento. Qué presentación, qué elocuencia la de don Spencer, qué ríos de babas resbalando gustosas por las barbillas rasuradas. El prefecto anuló todas las actividades de su apretada agenda y se tomó el día libre. Cuánta turbación albergaba su corazón: le bailaban las palabras, una orgía de sonidos apareados en perfecto desorden, la lengua madre copulando con el pariente británico y la sombra de Gibraltar palpitante y enhiesta cual falo a punto de reventar.

Yo pienso que don Spencer no ha hecho más que emplear los excedentes de recursos humanos en tareas más productivas que rascarse los huevos o escaquear las pelotas, que para la postre es lo mismo. Los ha puesto a pensar.
Es tan sencillo, Jerónimo.

domingo 19 de julio de 2009

CAPÍTULO DÉCIMO DE RANDOLPH

Rinnnnnng…

- Pasa, Randolph, está abierto.
- Ay, Carmelita, tengo tantas cosas que contarte…
- ¡Siéntate y come!


¡Coño! Madame Butterfly encebollada…

¡James! ¡Federico! Volved malandrines ¿a que nunca en vuestra elevada vida habéis disfrutado del espectáculo que se alza ante mis ojos? ¡Miradla! Cual bodegón arcimboldiano la musa se enrosca encima de la mesa. Y esa palidez, enharinada y expuesta a los tubérculos cortados en flor y las ramas de menta que coronan su cabeza. En el Louvre te exhibía yo, amada mía, al lado de la Victoria de los paños mojados. Y tú sin paños. Si te vieran Fidias y Marinetti como te veo yo, tendidita en la mesa, blanca para el sacrificio, la boca alojando los deditos graciosos de tus deliciosos pies, adornada con papas y zanahorias y aretes de cebollas, generosamente aliñada con un oliva de Jaén, la mirada al infinito…

- Calla y come, que la lubina se enfría.
- Voy, mi querida… Pero qué cuadro, qué cuadro…
- Remátalo con tu brocha y derrocha


Que no sé por dónde empezar a comer… Esta mujer me mata, yo quería invitarla a los sótanos del Museo donde se esconden… joder, Carmelita, no te escurras… donde se esconden las obras más satirillas… oyyyy… ¿la papa también?... del Renacimiento, un par de tablitas diminutas de… toma potasio y dame lacteos…de Botticelli que dicen que le hizo… shup, shup, shup… que le hizo al papa sixto para sus aposentos privados de…qué deliciosos fluidos cuando emulsionan con el traqueteo… le hizo al papa de vírgenes salidillas fornicando con clérigos… Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy.

- Uf, Randolph, ayúdame a bajarme, que me resbalo.
- Ay… ay… Espera, Carmelita, que me adecente, que estoy recuperando las tablillas de la hoguera de las vanidades…
- Una ducha y te cuento mi proyecto.
- Oh, dios ¿Otro invento, Carmelita?
- Es muy sencillo, he hablado con mi amiga Isa.
- ¿Y?
- Y nada, que ya está.
- ¿Qué ya está qué?
- El proyecto, letras indecentes, qué va a ser. Vas a escribir para el mundo.
- Señora mía, qué responsabilidad.

lunes 6 de julio de 2009

CAPÍTULO NOVENO DE RANDOLPH

Irás al infierno, madre, ni tan siquiera los santos de las estampitas que coleccionas moverán un puto dedo para recomendarte al altísimo que, por cierto, tiene que estar hasta la coronilla de beatas y beatos de pacotilla. Pondría la mano en el fuego que a la santa que tiene encima de la mesita, la de la toga y cara de cerdo, la he visto yo en algún sitio. Aunque si te he de ser sincero, me acompaña el ciego desde que la Carmelita se explayó entre mis muslos y me mostró un paisaje menos farragoso que el que me asiste desde que retorné al hogar familiar. ¡Qué mujerón! Va la tía y me dice esta mañana: Randolph, no desperdicies tu talento. Te arreglas como corresponde a un tipo de tu edad, coges un taxi y te presentas delante de tu jefe. Quiero volver, le dices y, a continuación, regresas a mi lado que te voy a preparar una lubina al horno pa cargarnos de potasio.

Dios mío, el potasio es un mineral necesario para el sistema nervioso y la actividad muscular ¿Qué próxima aberración me tendrá preparada? Yo no sé tú, mi querido Watson, pero las pruebas que esta mujer me pone de soslayo no me ofrecen ninguna pista del delito. Diría más, me confunden a tal extremo que mi cuerpo produce acetilcolina en dosis exasperantes con el consiguiente incomodo de la diarrea. Es imprevisible la diosa. Igual que mi jefe que, próximo a la jubilación, me mandó donde mi madre y le he tenido que apañar la clave de su contabilidad particular. El muy cretino lleva años haciendo la vista gorda. Mueve el culo, le he dicho, y corría más que el tío de la lista rellenando mi ingreso otra vez en el cuerpo. Y a sentarme, que el cuerpo para el que trabajo no conoce la actividad ni de lejos; y a mí me viene bien para leer y meditar. Que se revienten la cabeza los de recursos y actividades que lo mío es vigilar y, muy de tarde en tarde, señalar con el dedito desde la 56 con los flamencos, aunque ninguno lleva lunares ni baila enloquecido, que están muy quietecitos hablando del bien y del mal y el paraíso y el infierno y las luces y las sombras y el deseo y la contingencia y el pecado y el tiempo. Y el tiempo. Y yo sentado, esperando que los monstruos me revelen el secreto, añorando la paleta que me lleve a la inmortalidad.

Coño, ya sé dónde he visto a la santa con cara de cerdo.

jueves 11 de junio de 2009

CAPÍTULO OCTAVO DE RANDOLPH

Ay, Petronio, qué maldades inoculaste en la carne, qué destrozo espiritual… Nosotros, nacidos del vientre impoluto de nuestra santa madre nos vemos abocados al pecado estancado, a la virtud en entredicho, a la vena lujuriosa que pulsa como posesa en los puntos cardinales del gusto, ay, qué viaje sin retorno, qué madeja de tormento, qué pardo el paisaje sin la excrecencia de nuestros cerebros. Carmelita, mi diosa veteada, abierta en canal, como la ofrenda quebrada que el párroco depositaba suavemente en mi boca los domingos a las doce; pero toda para mí, la derecha y la izquierda, el yin y el yan, una pata y otra, y el centro pa dentro. Estoy barajando la idea de ofrecer a la humanidad mi cerebro desbocado; regalar la gracia que me fue concedida y que tan armoniosamente he glosado en estos años de desdichas y aflicciones. La juani fue mi tormento, doña engracia, mi madre, el silicio, carmelita mi diosa, la salvación. Y dios ¿dónde se halla el magnífico, a la vera de quién se sienta? Ay, la absenta, néctar milagroso que me ha sido negado tantas tardes de chinchón en casa manuel ¿Cómo enraizar el rizoma del soplo divino en el polígono de san pablo? Hubiera sido tan fácil. Le quartier de saint paul, suena tan bien…, il quartier di san paolo, saint paul’s quarter… Polígono, unidad urbanística constituida por una superficie de terreno, delimitada para fines de valoración catastral, ordenación urbana, planificación industrial, comercial, residencial, etc. ¿Dónde buscar a dios en esta porción de plano limitada por líneas rectas? ¿Y el hombre, cómo está dispuesto en esta estructura de perfección matemática, en vertical u horizontal? ¿Y los sujetos en oblicuo, pueden convivir en este excelso paisaje que tuvo a bien conformar sus biografías? Me temo que todo han sido desventajas: el clima excesivo, la boina encasquetada en la mollera, sin gracia, el hule de cuadritos…

Sankt Paul Nachbarschaft, esto es contundencia, amigos, con la solapa del gabán alzada dejando entrever la nariz majestuosa y los ojos afligidos por la cosmogonía, y los pantalones de paño oscuro, y la voz reverberando un bis morgen que se estampa en los muros consagrando a la existencia la perpetuidad que le corresponde, y nosotros con las bombachas y los dedos de los pies al aire y el vaya usté con dios, que no reverbera ni tan siquiera percute en las paredes alicatadas, tan sólo un siniestro vaho que se desvanece y menos mal, porque a un tris estamos de convertir el zaguán en ermita y sufrir la peregrinación de tantas y tantas almas en pena.

Imposible la creación con este cuadro. Todo lo más una letra elegante, caligráfica si tienes el pulso firme, y una educación de colegio de curas emperrados en la estética de las formas y la vacuidad de los fondos. O una copia malversada de los gritos munchianos con rotulador carioca y barniz titán, extrabrillo, para darle prestancia; o entreteniendo las tardes de domingo con la muerte de los padres del rey lagarto, por solidaridad, enardecidos; o trenzando junto a ocnos la soga que se desvanecería en cualquier esquina, en la próxima acera...

- Randolph ¿qué coño estás haciendo? Muéstrate ladrón y cuéntale a tu madre de dónde vienes…
- De la añoranza, del abatimiento, del reconcomio del plástico y la formica, de las hechuras femeninas calzadas en batas de poliéster, del catecismo y la represión, de apurar la juventud con el fervor de las letras ¡Ay!
- ¿Ya has bebido? ¿Y la Carmelita, es buena muchacha?
- Una santa, madre, una santa.
- Pues a ver si te enderezas de una puta vez, y vuelves al trabajo tan güeno que tenías, y no le haces nada a esa pobre muchacha… So canalla.
- A ver, a ver, madre.
- Cómo que a ver ni a ver… lo que tienes que hacer es dejarte ya de sandeces que tienes más de cuarenta años y mírate, pareces un loco.
- De ingratitud, de impotencia, de devoción a la primavera… Abril es el mes más cruel.
- Vete a tomar por culo
.

domingo 24 de mayo de 2009

CAPÍTULO SÉPTIMO DE RANDOLPH


Oooohhhhhhh... ¡por todos los clavos de cristo y el aura indeleble de la santa paloma! ¿qué me haces, ladrona? Vino y rosas celestiales parecen susurrarme cuando sonríes… Y no estoy en Berlín, pero este es un día perfecto, mi dulce Carmelita. Si pudierais verla, con las bragas rotas, dejando asomar la síntesis de su femineidad en ese muñón color carmesí. Cáliz para mi sexo arrebolado, corolario de mi decadencia...

- James, Federico, venid en mi auxilio…
- Cállate ya, Randolph.
- ¿Pero qué es éso, niña?
- ¿Qué clase de golfo eres tú que no reconoces el traje que mamita lleva puesto, eh, mamarracho? Y llámame Juliette.
- ¿Como la novia de Dartacan? Carlitos, dios mío, esto es de tu incumbencia, socórreme, voy a ser devorado en corimbo.

La tía se ha vuelto loca ¡qué precio ha de pagar el artista! Aunque me enrolla la estética de mamá alien poderosa y peregrina de esta orgía pagana ¿Y los tubos? Déjate llevar, Randolpho, que no se te vea el plumero.

- Ay, sigue mi dueña, succiona, succiona… ahgggggggg... sigue… ohhhhh... pero ¿qué haces? ¿adónde vas?
- Cierra la boca, so mamón, o te la cierro con el chorro ¿Es eso lo que quieres? (Si ya me lo decía Catalina: cuida mucho tus conquistas, estos intelectuales de tres al cuarto sólo babean con el dominio del mesonero. Dale alpiste a sorbos y te besan el culo. Fíate de mi palabra y dale puerta. Yo aún busco a mi Lancelot).
- ¿Adónde vas? Enchufa eso otra vez. Carmelita, Carmelita… Poséeme, cástrame, quiero ser madre... Segismundoooooo...
(Tanta niña, tanta hostia… Quizás se le pasaron de tuerca las endorfinas. Y pensar que estuve a punto de afeitarme la cabeza..., y ahí está, lloriqueando y llamando a esa gentuza que lo visita. Voy a probar con algún artefacto irrigatorio, si no funciona, cambio de roles).

- Me muero, mi reina ¿dónde está el infierno, dónde las falacias de curas y papas sin huevos? decidme ¿el sacrificio de la carne o la eventualidad del placer? Ohhhhhh...
- Aguanta Randolph, aguanta, sé un hombre.
- Lárgate Tomás, no vengas a joderme. Aghhhh... ¡Ya voyyyyyyy!

(Mierda, se le fue la olla. A este tío le pierde la boca. Voy a cerrársela. Me quito el traje, me echo la bata y me pongo la peluca).

- Randolph, borracho sinverguenza ¿dónde has estado? ¿no te da nada por el cuerpo dejar a tu madre sola tanto tiempo? Con lo mala que estoy... Ve aquí que te vea, gañán. Me duelen los pechos, te voy a destetar. Ya es hora.
- No, mamá, por favor, eso no, ya voy...
Dios mío, esta mujer sabe cómo hacerlo, mírame Carlos, ya salió, ya salió...

- Así, así, como un niño bueno, eso es Randolph ¿qué quieres hacer a mamá? (Funciona. Es agotador, pero funciona) Aghhhhhhhh... Randolphhhhhh...

jueves 14 de mayo de 2009

CAPÍTULO SEXTO DE RANDOLPH

El hombre sin rostro se acercó sigiloso a la valla cubierta de vegetación que separaba la calle del internado. Ella estaba allí; oculta tras el entramado de hojas violáceas y ramas compactas. Oía sus gritos, sus risas de rata amenazada. Entre las otras, ella se hacía confusa, un ser desdibujado sin una identidad manifiesta, un miembro más de la manada de batas blancas y cabezas afeitadas. Apartó cuidadosamente un matojo para buscarla con los ojos, para cerciorarse de que el cordón que los unió se mantenía intacto pese a los acontecimientos, el recuerdo vivo, la necesidad apremiante. Ella se volvió y lo miró. Después, inducida por un complejo desconocido, se llevó las manos a la cabeza y cubrió su cráneo: una gota inoportuna resbaló por su mejilla; la dejó escapar. Se giró y se incorporó al juego. El hombre sin rostro imaginó su lengua deslizándose por la piel áspera y esbozó una sonrisa.

- ¿Quién es ella, Randolph?
- No lo sé. Una mujer cualquiera.
- ¿Y qué espera de ti?
- La muerte, supongo.

Lenta y gozosamente. Y después, de la mano la conduciré a los infiernos donde nuestros cuerpos arderán hasta el día del juicio final. Para renacer más tarde en otra cáscara, con una simiente que en lugar de unir nos separe, nos aleje de la maldición parental. Tú no lo entiendes, Carlos, no todo lo malo habita en las partes oscuras del cerebro.

- Randolph, son las diez ¿con quién hablas?
- ¿Y?
- No, nada, que podría preparar algo de cena. Si te apetece.
- Muchacha, soy un hombre casado ¿qué te has creído? Debo volver a casa.
- ¿Con tu madre?
- Bueno, un vinito no estaría mal ¿tienes ternera o pollo?
- Veré.

Se está bien aquí, hay sitio de sobra para los dos. Y sin molestias. Debo concentrarme.

- ¿Y quién es ésta, Randolph?
- Bah, es Carmelita, vive aquí, pero ahora está entretenida con sus tareas ¿Dónde te habías escondido?
- En tu cabeza. Imaginó su lengua deslizándose por la piel áspera y esbozó una sonrisa ¿Qué-coño-es-eso? Ahora te dedicas al gore literario.
- Lárgate, que viene.

Ah, y con una copa de vino. Esta tía quiere marcha. No me extraña; a mis cuarenta y dos años muestro una figura apolínea, tengo pelo en abundancia y las facciones de mi rostro anguloso me confieren una apariencia de tío atormentado, maltratado por la vida, y eso a las féminas las pone cachondas.

- Gracias, mi ángel.

Uhm… ¡Qué bouquet! Tiene gusto la Carmelita. Un regusto amargo en la punta de la lengua… uhm… seguro que es de cosecha, los restos del naufragio del bodorrio. Me está entrando sueño. No puedo moverme, tengo los miembros entumecidos. Carmelita, Carmelita…

- Vaya, Randolph, veo que te estás preparando para una sesión con mamita… No te preocupes, que me preparo enseguida. Espero que te guste el olor del cuero.
- Carmelita, qué cuero, quién es mamita.