RANDOLPH Y LA GORDA, NUEVO CAPÍTULO
- Inmediatamente, don Spencer.
Uy, qué querrá, recién acabo de santiguarme y ya me convoca al templo. No sé dónde he dejado los folios, mecagoendié, estaban encima de la mesa, pero seguro que la gorda de enfrente me los ha birlado. No ha parado de vigilarme desde que llegué esta mañana. La tía. Percibo cierta hostilidad en su rostro rechoncho ¿Dónde coño habré dejado los folios? Tengo tantas ideas…
- Con su permiso, señor Spencer…
- Pase, pase, Randolph. Siéntese. Lo he convocado para comentar algunos términos de su solicitud. Como sabrá, el departamento de asuntos pintorescos gestiona las actividades inusuales del museo y no podemos permitirnos ningún error. You know? Usted es funcionario, ha desarrollado su carrera con el culo clavado en los banquitos de la mayoría de las salas y pasillos de esta fortaleza; conoce a todo el personal y ha oído miles de sandeces de los visitantes ante las magnas obras que aquí se exhiben ¿Es fiel a sus afectos?
- Yo…, don Spencer…
- Tutéame, please.
- Gracias, Spencer. Como te iba a decir, soy fiel a la belleza, a la novela rusa del diecinueve, a Carmelita, al pensamiento redomado, al agua de Lourdes para aliviar los golondrinos, que me salen sobre todo en primavera, al mundo fenoménico, al anschauung, al tinto a gollete, al Caravaggio y a las niñas. Entre otras cosas.
- ¡Bravo! Creo que nos entendemos ¿Qué opinión le merece la gorda? Presiento que me acecha. Aparece de improviso, sin convocarla, y desparrama su materia encima de mi mesa, tumbada de medio lado, dejando entrever el pernil subrepticiamente. Después me satura lo que queda libre de la mesa de folios con ideas virginales como estampar postales personalizadas de la colección, contratar a cándidos chinitos y vestirlos de meninas para que lustren con betún el calzado de los visitantes, sacar brillo al dorado con netol…
- ¿Postales personalizadas?
- Sí, es de sus mejores ideas, de hecho se pasó un fin de semana encerrada en su casa montando una recreación con el photoshop: las Meninas con chinos, suecos, árabes, rusos, negros… para que el visitante sienta la obra en sus carnes ¿Te imaginas a la princesa Margarita mulatona, o la maribárbola lapona? Pero hoy me ha traído el bosquejo de unas cuantas ideas que me desconciertan. No hay duda de que tiene aspiraciones. Pero me da miedo la gorda…
- ¿Qué ideas, Spencer? Dejé los folios encima…
- Está muy influenciada por un novio mejicano que tiene. Fulgencio creo que se llama, guionista de telenovelas. De hecho, ahora pasan una suya muy exitosa llamada Directo al corazón, que trata de una boxeadora a la que llaman “la monita”, supongo que por su extraordinaria agilidad lanzando los puños, la tía.
- Las ideas… Spencer, que me preocupan los folios que dejé…
- Tú, que eres un hombre de letras, sabrás que los estados carenciales de la conciencia, llamémosla ortodoxa u ordinaria, revelan misterios que el ojo no ve. Sólo a través de la influencia del peyote se adquiere la clarividencia necesaria para desarrollar una historia de ese calibre. La monita disparando directo al corazón. Dilata las entrañas, Randolph y déjate llevar por esta maravillosa visión: Fulgencio y la gorda poniéndose ciegos y juntando las cachas para procrear la historia más inverosímil jamás contada; Fulgencio y la gorda inhalando los vapores de una trama urdida a la manera del novelón dostohieskiano pero, cómo diría, con la bravura, la contundencia y la gracia caprichosa de vuestra lengua que arroja más leña al fuego que los políticos de la oposición; Fulgencio y la gorda relamiéndose ante tanta desgracia, tanta injusticia, tanto desvalido; Fulgencio y la gorda eyaculando el placer de haber parido el insuperable guión de Rubí, la gitana más bella del mundo, líder de audiencia en la tdt y la pvc hace ya rato; Fulgencio y la gorda, o más bien Fulgencio, que tiene pinta de ser un espabilado, descojonándose de risa por las noches a cuenta de moi, y a partir de ahora, de toi, lanzándole a la gorda ideas peregrinas para nuestro ilustre departamento.
- Yo, Spencer, he observado…
- Dicen de ella que era un mujerón. Hasta que conoció al Fulgencio, you know? Recién llegado, sin un duro pero con mucha azuquita pa repartir. Y ella, de glucosa escasa, decidió que ya era hora de empacharse y lo metió en su casa. Y ya sabes, buey, enchiladas y frijoles a todas horas y mucho amor chaparrito y hordas de compatriotas celebrando la nueva y folios y folios de amor empalmado y más chile y el mujerón reverberando caderas y pechos y el mejicano embalado y los ejecutivos de televisión cada vez más arriesgados y el pueblo cada vez más idiota. El éxito. Ahora dicen que la monita se le ha subido a la chepa y anda culebreando con una actriz venezolana. Pero no deja a la gorda, no, la necesita para introducirse en nuestro templo. Tiene miras el Fulgencio, quiere expandir su radio de acción a otros ámbitos más elevados. Por cierto, Randolph ¿no crees que el pensamiento redomado está dando sus últimos estertores? Lo veo muy vilipendiado últimamente y eso me preocupa. Piensa en ello. Ahora debo hacer una llamada urgente. Márchate y vigila a la gorda. De cerca.
Me cago en la leche, cuando se lo cuente a Carmelita. Tengo que acabar con la gorda. Como sea. La invitaré a casa. Ven con tu marido a cenar, le diré, y ella, que seguro que no está casada (dudo mucho que el mejicano, aparte del compromiso culinario y sexual con sus carnes haya vinculado a la gorda con el eclesiástico o civil), pues se sentirá honrada e ilusionada, requetehecha, y dirá que sí. Somos todos conscientes de que la tía aprovechará la ocasión para sacar información y el mejicano para estudiarme a fondo. El tío. Pero esa es nuestra ventaja. Voy a llamar a Carmelita para que compre conejo. Con tomate o al ajillo. Conejo pa la gorda.


