La ciudad susurraba promesas bajo el palio de una luminaria intensa. Había vuelto a Nueva York, punto de partida, con el aura cincelado del fracaso y la perspectiva de un futuro más negro que la noche que caía sobre mis hombros.
Frank Zappa entonaba Cucamonga en el garito de Benny la gorda, y yo sólo quería olvidar en la marea de una botella de bourbon de tres cuartos.
En Cucamonga hace muchos años, cerca de la iglesia del Santo Rodillo, había un lugar... la la la...
La cocina desprendía un aroma hediondo, como de estercolero de cerdos.
Benny, apoyado en la barra, repiqueteaba con sus dedos encima del mostrador: ¡Oh, sí! ¡Esss bueno! Ahggg... Esa peculiar forma de hablar, arrastrando la s como una damisela timorata; una damisela de 180 kilos y un culo negro picudo.
-Hey, Benny, ¿qué tipo es ése que canta?
-Cariño, tienesss el privilegio de escuchar Bongo Fury, acabo de hacerme con él, en la Capitol.
-Como si me dices Cucamonga...
-¿Pero qué coño osss han hecho en el cerebro? Esto que oyesss es cucamonga...
-En el cerebro no, Benny, en la polla...
-Perdona Franky, tío...
...
-Ey, Franky... Perdona, tío...
La voz se perdió entre los estertores del tipo que berreaba por los altavoces. Sí, era bueno, pero yo no estaba para los éxitos de otros; en realidad, Benny tenía razón, algo nos habían hecho en el cerebro y, para rematar la faena, a mí me había tocado el boleto premiado: volvía al barrio, a Staten Island, con un apreciable miembro de mi anatomía sesgado.
La vieja niuyork se tambaleaba de nuevo rozando los límites del pecado. Azarosa, con achaques de rancia seductora, la ciudad se rebajaba a los entresijos decadentes de la derrota televisada. Mi ciudad, la que se deslizaba a mi paso descompasando, enfurecía su pálpito canalla de mercadeos y apuestas. Y no me olvidaba, pese a la huida y el desprecio; sin rencor, con la benevolencia de una madre, me apretaba contra su viciado corazón para arrancarme el alma de un tajo.
Entré por la calle Watking hasta el número veinte de Crossfield Ave, donde se alzaba majestuosa la morada de la señorita Milton, como se hacía llamar desde que rompió sus lazos conyugales con este prenda.
-Hola Patti, te ves más joven...
-Jódete John ¿qué te trae por aquí?
-Sólo quería ver que te va bien, acabo de llegar. Venga Patti...
Jodida Patti, seguía siendo muy atractiva embutida en ese kimono negro con mariposas bordadas en la espalda.
-Ahueca John, o saca la billetera que te desluce la facha. Intuyo por el bulto que te han indemnizado bien.
Patti me despachó con un portazo después de que le estampara un sonoro beso en la mejilla derecha. Quise rastrear su boca pero desvió la cara en el último momento. Me conformé. Aún conservo en la solapa la arruga que su puño dibujó como una delación: había vuelto, pero no podía darle lo que ella necesitaba.
Había vuelto, sí, dos cabrones me habían pagado el billete de vuelta a Nueva York; en primera clase: ¡los putos charlies y el puto Johnson! ¿Qué se me había perdido a mi, un lisiado de mierda, en Nueva York? Apoyo psicológico, me dijeron y el honor de los valientes... ¡Y una mierda! No es éso lo que necesito para silenciar en mi cabeza el siseo de los sampang sobre el agua, y...
Todos me miran, me reconocen, cuchichean... Soy el tipo que perdió la polla en Vietnam.
2 comentarios:
En Vietnam se han perdido tantas cosas, no todas materiales, que qué le vamos a decir a este hombre, paranoico ya para toda la vida, después de todo ¿qué es una polla? Yo vivo sin ella y sin paranoias..., claro que no he ido a Vietnam ni a Afganistán, ni a Irák...,donde los chicos se hacen hombres y nosotras qué nos haríamos,porque tampoco jugamos a lanzar aviones...
En fin, maravilloso tu relato, duro, está lleno de música, lo leo con música de jazz, de N. Orleans, y con una mezcla de blues.
Un abracísimo.
Una elección realmente buena, MJ, la del jazz de NOrleans. Nosotras en una guerra no haríamos nada, creo que lo tengo claro, lo máximo hablar de nuestros animales, hijos, sueños, huesos, cargas, amores, etc.
La música de fondo mientras escribía era de Zappa, no el cucamonga que me encanta, del hot rats. Encajaba perfectamente.
Muchísimos besos
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